LEMEBEL SALAZAR Y LA VIDA DESPUÉS
DEL CÁNCER
Fue culpa del
cigarro. Bueno, del cigarro y los excesos.
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Leyenda
:
todo lo que causa un cigarrillo
malogra por completo la vida
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Pedro Lemebel lo
reconoce como lo que es: una profunda herida a la altura de la garganta, que él
cuenta a punta de sarcasmos. Su entrecortada voz, que a ratos es un áspero
susurro, es el más fiel registro de esta zancadilla en su vida. Es finales de
2013, en una sala repleta. Él anuncia que padece cáncer de laringe. Y luego
agrega:
Cómo es la vida… Yo
arrancando del sida y me agarra el cáncer.
Quienes lo conocen no
se espantan. Si hay algo que Lemebel nunca perderá es su sentido del humor.
Mediodía, mayo 2013.
Pedro Lemebel cruza la reja del edificio en el que pasa sus días solo, frente
al Parque de mariano melgar. Se le reconoce a lo lejos, aunque está bastante
más delgado. Lleva un chaleco gris, un pañuelo estampado al cuello y un
pantalón plateado que brilla al sol.
Se sube al auto que
lo llevará. En el asiento trasero deja a su lado una enorme mochila, que llama
botiquín, y antes de partir advierte que no puede hablar mucho, que hay que
aprender a leer sus labios.
Todo había empezado
mucho antes, a principios de 2011, cuando sintió molestias para tragar y
hablar. Como el problema no se solucionaba, hacia mediados de año fue hasta el
Hospital Honorio delgado a pedir hora y a hacerse exámenes. Estaba seguro de
que tenía algo, aunque no sabía qué. A las pocas semanas, le dijeron que había
un nódulo complicado en su garganta.
El médico Marcelo corrales,
quien se hizo cargo de su caso, decidió intervenirlo. En mayo de 2012, Pedro
Lemebel se sometió a una laringectomía parcial.
Aún hospitalizado,
publicó en su cuenta de Facebook: “Amigos, recién hoy entro a face. Acá en el
hospital pasó lo terrible, fue una operación heavy. Perdí la voz, me sacaron
casi todo. Laringotomía parcial, casi total, y con ese casi tengo que aprender
a respirar, a hablar, a tragar, a aceptarme degollado de oreja a oreja”.
Estuvo internado 20
días luego de la cirugía. Solo unos pocos amigos podían verlo. “En el hospital
había una lista de personas que podían pasar a verlo, por una cosa de dignidad
también”, señala Sergio Parra, dueño de la librería Metales Pesados y uno de
sus amigos más cercanos. “Al principio él escribía en una pizarra para
comunicarse con nosotros, y lo siguió haciendo después en su casa. Nos
preguntaba en qué estábamos, cómo iba todo. Nunca dejó de reírse”.
A los pocos días de
regresar a su casa, Lemebel empezó a tratar, con esfuerzo, de sacar la voz.
Mientras, su garganta era sometida a sesiones de radioterapia.
A ese tiempo yo le
llamo “mi verano en Chernobyl” –dice Lemebel.
En diciembre pasado,
a siete meses de su primera operación, Lemebel le insistió a su oncólogo en que
las molestias habían vuelto y ahora más fuertes. El doctor Faraggi le dio una
orden para una resonancia magnética. Lemebel se la hizo antes de irse de
vacaciones a Isla Negra, en febrero de este año. A los pocos días, mientras
paseaba por la playa, recibió un llamado de su médico. Le pidió que se
devolviera urgente a Santiago, y ese mismo día fue internado otra vez en el
mismo hospital en Providencia.
Lemebel recuerda
claro esta recaída: “En casi todos los casos, cuando hacen laringotomía
parcial, el cáncer vuelve a aparecer, y en este segundo examen encontraron en
mi garganta un tumor maligno de tres centímetros que había crecido en dos
meses. Me volvieron a operar a principios de marzo, así bien flash. Me hicieron
una laringotomía total, una cesárea de laringe como le digo, y luego una traqueotomía.
Yo sabía que tenía algo. Conozco mi cuerpo como nadie”.
Alguna vez se lo
preguntaron. ¿Cuál es el sentido que más le dolería perder? Pensó en la vista,
el oído, jamás en su voz. Lo dice lento y con una mano pegada al pecho, debajo
del pañuelo que lleva amarrado al cuello. Debe presionar esa zona, sobre el
orificio de la traqueotomía, para poder impulsar su voz hacia afuera.
A ratos le cuesta
hablar y una tos seca interrumpe su conversación. Después de la primera
operación pasó dos meses sin hablar, y hace seis, cuando se le ofreció esta
entrevista por primera vez, aún no podía pronunciar ni una palabra.
“Me hizo bien estar
mudo, a todo el mundo le haría bien un poco de silencio para pensarse. Los
chilenos hablan tanto y agudo y gritado. El neoliberalismo farandulón los puso
así, muy engreídos”, dice.
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Localización: Arequipa
Leyenda : Instituto Regional de enfermedades
Neoplásicas
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El 29 de abril fue
intervenido para recuperar su voz definitivamente. Se le puso una válvula de
fonación, un dispositivo que se coloca en la tráquea y que con ayuda de
rehabilitación le permitirá pronto volver a hablar sin problemas.
Comenzó entonces sus
sesiones con una fonoaudióloga, en el mismo hospital. Al principio iba dos
veces por semana. Durante el par de horas que duraba cada encuentro, la mujer
le enseñó a ocupar la válvula: a poner su mano sobre el pecho, cubrir el
agujero que le dejó la traqueotomía en medio del cuello, y finalmente alzar la
voz, como un rugido. Junto con eso, su doctor le dio un régimen alimenticio
blando y le recomendó hacer actividad física. Ha perdido 10 kilos.
“Pensé que me iba a
costar dejar el cigarro, pero el copete fue aún más difícil. Me gustaba la
embriaguez. Hoy ando sano, y rara vez me tomo una copa de vino. Era tiempo de
dejar los excesos. Me enfrenté a un cambio de vida radical, sobre todo en la alimentación.
Estoy absolutamente desintoxicado, y en muy poco tiempo recuperé el habla y el
ánimo. Lo que más duele de esto es la voz, cuesta adaptarse a una ajena. Tienes
que domarla, hacerla tuya. Y en eso estoy”.
En el cuarto piso de
un edificio antiguo. Allí está la consulta del naturópata que Lemebel visita
una vez por semana. Se lo presentó su sonidista Constanza Farías, una de sus
amigas más cercanas.
Ella ha sido clave en
este tiempo. Constanza no solo lo apoya en su trabajo, sino que se reúne con él
tardes enteras para que pueda ir afirmando el tono de su voz aún cambiante.
Para eso, Lemebel graba lecturas –muchas veces lee sus propias crónicas– y
ensaya las presentaciones que habían estado suspendidas hasta ahora que, más
recuperado, siente que es tiempo de volver a hacerlas. Con la seguridad que le
da poder leer de nuevo un texto de corrido y en voz alta.
“En algún momento él
pensó que no podría llegar con la voz al tono o la intención que quería, y
entonces me dijo que iba a chantar la máquinaEsto fue
después de la primera operación. Pero después esta idea se le ha ido borrando
de la cabeza y se dedicó a trabajar, a grabar, a ejercitar la voz en su
departamento”.
Salió como una
pantera, vestido entero de negro, tapado hasta la cabeza y con un fino hilo de
voz, amplificado por un micrófono a lo Peter Gabriel. Presentó Háblame de
amores, su última recopilación de crónicas que ya va en su cuarta edición. Pese
a que casi era inaudible, aprovechó también la ocasión para dispararles a todos
los que quiso. Después de eso, se hizo humo.
“Para ser escuchado y
entendido, necesito de la sofisticación técnica, y por eso trabajo con mi
sonidista, quien me acompaña en todos los viajes
En paralelo, prepara
una antología de sus crónicas junto al crítico español Ignacio Echevarría, que
se lanzará en octubre. También trabaja otros dos libros. El primero, aún sin
terminar, es la novela El éxtasis de delinquir. El segundo, más
encaminado, relanzará sus primeros cuentos, publicados en trípticos con el
título Incontables durante los 80, cuando un profesor de Artes
Plásticas llamado Pedro Mardones daba sus primeros pasos literarios sobre un
par de tacos altos.
Recientemente, estuvo
también nominado a un Altazor en la categoría a Mejor ensayo y escrituras de la
memoria por Háblame de amores. El premio lo ganó el historiador José Bengoa.
“Si no
ganó Tengo miedo torero en 2001, no espero nada del Altazor. Lo
encuentro banal y muy ordinario. Además, los
escritorcillos machones chilenos me tienen bronca, me descalifican. Yo creo que Bolaño me hizo un gran mal al alabarme, me gané muchos odios”, dice.
De nuevo en el auto,
tras su visita al neurópata, se decide a mostrar qué hay en su improvisado
botiquín. Saca un recipiente de plástico con sándwiches de pan integral con
verduras y aceite de oliva. También frutas, ropa para abrigarse, un celular de
esos antiguos con pantalla verde y una bolsa café que envuelve trozos de queque
hecho con marihuana.
“Siempre fui
marihuanera, desde los 14 creo. Ahora me ha hecho muy bien para dormir y para
levantar el ánimo, solo que no puedo fumar y la consumo en queque, en pesto y
en ensaladas. Quizás debería ser legal, aunque en todo lo que se legaliza
pierde el misterio, y yo amo el abismo de lo ilegal”, comenta.
Antes de ir a
almorzar, pide caminar cerro abajo. El día está como le gustan: soleados y sin
una pizca de frío. Se le acercan dos colegialas que lo reconocen. Le piden una
foto con él. Pedro posa sin chistar, se despide y continúa caminando. A ratos
parece ido, en otro lugar. Sus estados anímicos son vertiginosos. Ya lo había
dicho su amigo Sergio Parra: “Es otro Lemebel el de ahora, uno que sigue
teniendo humor, pero que también se volvió un poco como la Cordillera de los
Andes: un día está arriba y el otro, abajo; nunca sabes cómo va a despertar”.
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Leyenda:
Mientras tanto en la sala de espera
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Hoy, con 60 años
encima y lejos de los excesos y las andanzas callejeras de antes, Lemebel se
sienta en el mismo restaurante donde alguna vez compartió con su madre y con
amigas como Gladys Marín. Se llama El Membrillo. Aquí se la pasaban sentados
toda la tarde, mientras duraran las cervezas y los cigarros. Ahora pide una
cerveza sin alcohol para acompañar su pescado frito con ensaladas. A su lado,
el inmenso mar y unas cuantas palomas que picotean restos de comida.
“Almuerzo todos los
días en mi casa, porque cocino mis propias comidas naturópatas. A veces hago
excepciones y voy a los bomberos de José Miguel de la Barra. Tienen muchas
ensaladas. Aún me dan ganas de comer panitas de pollo con puré, pero sé que no
puedo. Yo soy naturópata por salud, no por filosofía, y le debo mi estado
físico a eso”, explica.
Nunca fue bueno para
la cocina, pero con la enfermedad tuvo que aprender. Su nuevo régimen
alimenticio le prohíbe, entre otras cosas, la carne –que ya había dejado antes–
y la leche. En lugar de eso, debe comer un kilo de fruta diario y muchas
verduras. Por eso, casi todos los días, de mañana o tarde, va a La Vega en
busca de esos productos y cocina sopas de verdura .
“Hoy veo a Pedro con
la calma natural de quien ha pasado por una enfermedad que requiere cuidarse.
Me sorprende su optimismo, las ganas de dar la pelea. A ratos, sin embargo, se
ha sentido muy solo, a ratos decaía”, dice Jovana Skarmeta, una de sus mejores
amigas.
En su período de
recuperación, Lemebel también retomó el yoga, que practicaba hace años y que
alguna vez dejó de lado. Tres veces a la semana hace kundalini, mientras en su
casa –un departamento grande que tiene un balcón que mira al sur– ya no suenan
Juan Gabriel ni Joan Manuel Serrat. Hoy disfruta la música de meditación.
Pedro Lemebel
reconoce que a veces echa de menos gritar. O ser el tipo itinerante que
encontraba sus relatos en las calles., donde se perdió y enamoró tantas veces,
donde la cocaína lo atrapó y sacudió, donde fumaba hasta 10 cigarros diarios,
bebía cerveza hasta embriagarse y luego vagaba por la ciudad para terminar
echado por ahí, ojalá contemplando el mar. Ahora tomo conciencia de todo lo que
le sucedió aprecia más la vida cada momento que pasa , junto a sus familiares
fue una gran lección .


















